La Gestión del Conocimiento comenzó a consolidarse como disciplina durante las últimas décadas del siglo XX, especialmente a partir de los años noventa, cuando las organizaciones comprendieron que el conocimiento constituía un recurso estratégico tan importante como el capital financiero, la tecnología o la infraestructura. Su propósito ha sido desarrollar principios, metodologías y herramientas para identificar, compartir, preservar y aprovechar el conocimiento con el fin de fortalecer el aprendizaje, impulsar la innovación y mejorar la capacidad de las organizaciones para responder a entornos cada vez más complejos.
Uno de los ejemplos más representativos de esta disciplina es Toyota. Durante las décadas de 1980 y 1990, la compañía comprendió que una parte esencial de su ventaja competitiva residía además de en sus procesos industriales o en la calidad de sus productos, en el conocimiento que sus trabajadores generaban cada día en la línea de producción. Cada mejora propuesta por un operario era documentada, compartida y, cuando demostraba su eficacia, incorporada como una nueva práctica para toda la organización. Toyota entendió que el aprendizaje acumulado por las personas era un activo que no podía depender exclusivamente de la memoria o de la experiencia individual; debía convertirse en conocimiento compartido.
Por casos como éste la Gestión del Conocimiento adquirió gran relevancia. Su mayor contribución ha consistido en demostrar que el conocimiento genera más valor cuando puede conservarse, transferirse y ponerse al servicio de otros. Gracias a ello, hoy existen metodologías ampliamente desarrolladas para capturar conocimiento tácito, documentar buenas prácticas, crear comunidades de aprendizaje y evitar que la experiencia desaparezca cuando las personas cambian de función o abandonan una organización.
Desde la perspectiva de la Gestión del Capital Editorial, este recorrido constituye un antecedente fundamental. Sin embargo, la GCE siempre invita a observar el conocimiento desde una perspectiva más amplia: la de su ciclo de vida, que conlleva muchas preguntas: ¿Cómo se origina el conocimiento? ¿Qué ocurre antes de que pueda gestionarse? ¿Cómo evoluciona una vez ha sido documentado? ¿De qué manera puede seguir creando valor hasta convertirse en patrimonio, Capital Editorial y legado?
La primera pregunta conduce a lo que la GCE investiga como Patrimonio Vital. El origen del conocimiento es la vida. Nace de la experiencia, de la formación, de la investigación, de los errores, de los aciertos, de las conversaciones, de los desafíos y de las decisiones que una persona o una organización acumula a lo largo del tiempo. Ese conjunto de vivencias constituye la materia prima de la que surge el conocimiento.
¿Qué ocurre con esa materia prima?
La experiencia, por sí sola, todavía no constituye Patrimonio Editorial. No salta espontáneamente para convertirse en un libro, una metodología o una investigación. Antes de adoptar esas formas, el conocimiento suele manifestarse de manera mucho más discreta: en pequeños destellos. Una idea anotada al terminar una reunión. Una reflexión escrita en un diario. Una pregunta registrada en una libreta. Una conversación que merece conservarse. Un esquema dibujado apresuradamente en una servilleta. Una fotografía acompañada de una observación. Una nota de voz grabada mientras surge una intuición.
Son pequeños fragmentos. A veces parecen insignificantes. Sin embargo, desde la perspectiva de la Gestión del Capital Editorial poseen un enorme valor. La GCE presta especial atención a estos materiales porque constituyen las primeras huellas visibles del conocimiento surgido del Patrimonio Vital. No se distinguen por su formato, sino por lo que representan: el instante en que el conocimiento vivido comienza a dejar huella. Rescatan algo valioso que deja de ser invisible y empieza a hacerse tangible.
Esos primeros vestigios reciben el nombre de Objetos Mínimos Editoriales (OME). Constituyen las unidades básicas del Patrimonio Editorial en formación. Cada pieza conserva una parte de la experiencia y encierra el potencial para desarrollarse en algo mucho mayor.
Es precisamente en esta etapa donde ambas disciplinas comienzan a encontrarse. La Gestión del Conocimiento aporta metodologías para identificar, capturar, documentar y compartir el conocimiento que emerge de la experiencia. La Gestión del Capital Editorial incorpora esas herramientas cuando resultan pertinentes, pero dirige su atención hacia un propósito adicional: descubrir el potencial editorial de ese conocimiento y acompañar su evolución hasta convertirlo en un patrimonio capaz de generar valor a largo plazo y trascender.
Con el tiempo, algunos de esos OME dejan de ser simples apuntes o registros aislados. Se enriquecen con nuevas experiencias, se relacionan entre sí, se amplían y evolucionan hasta adoptar formas editoriales más elaboradas. Así surgen los Activos Editoriales: folletos, catálogos, artículos, libros, manuales, metodologías, investigaciones, estudios de caso, diarios de aprendizaje, guías, programas de formación, conferencias, podcasts, documentales, boletines especializados, repositorios documentales, recursos educativos, archivos históricos, colecciones temáticas y muchas otras formas de preservar, organizar y proyectar el conocimiento.
Al principio esos activos pueden parecer publicaciones independientes: un libro por aquí, una conferencia por allá, algunos artículos, un curso, varias presentaciones o una investigación. Sin embargo, vistos desde la perspectiva de la Gestión del Capital Editorial, todos forman parte de una misma realidad. Constituyen un Patrimonio Editorial que muchas veces permanece disperso porque todavía nadie ha descubierto las relaciones que existen entre sus diferentes activos.
De hecho, esa es la situación de muchas personas, profesionales y organizaciones. Han publicado artículos o una tesis, han diseñado cursos, desarrollado metodologías, impartido conferencias o escrito libros. Poseen un Patrimonio Editorial prometedor, pero aún no lo reconocen como tal. Sus activos existen, aunque permanecen desconectados, sin una estrategia que les permita potenciarse mutuamente, ampliar su alcance y multiplicar el valor que pueden generar.
Cuando ese patrimonio comienza a gestionarse de manera consciente, los activos dejan de competir entre sí y empiezan a complementarse. Se organizan, se priorizan y se articulan alrededor de una estrategia común. Es entonces cuando empieza a construirse un Capital Editorial: un patrimonio vivo, capaz de seguir creciendo, expandiéndose, adaptándose y generando valor con el paso del tiempo.
Es en ese recorrido donde la GCE encuentra su objeto de estudio.
Mientras la Gestión del Conocimiento concentra su atención en la creación, captura, transferencia y aplicación del conocimiento, la Gestión del Capital Editorial estudia el ciclo de vida mediante el cual ese conocimiento se origina en el Patrimonio Vital, comienza a dejar huella en Objetos Mínimos Editoriales, se desarrolla como Activos Editoriales, se integra en un Patrimonio Editorial, se fortalece como Capital Editorial, empieza a proyectarse como aporte y se transforma en un legado capaz de seguir creando valor para otros.
Volvamos por un momento al caso de Toyota
Desde la perspectiva de la Gestión del Conocimiento, Toyota logró convertir el aprendizaje cotidiano de sus trabajadores en conocimiento compartido para toda la organización. Ese conocimiento dejó de depender exclusivamente de la memoria de las personas y pasó a formar parte del aprendizaje colectivo de la empresa.
La Gestión del Capital Editorial observa ese mismo caso desde otra perspectiva y descubre nuevas posibilidades. Además de documentar procedimientos y difundir buenas prácticas, aquellas experiencias podrían dar origen a colecciones de historias sobre innovación, libros que narraran el origen de las mejoras, estudios de caso para universidades, programas de formación basados en experiencias reales, archivos históricos, documentales, podcasts, recursos educativos y muchos otros Activos Editoriales.
La diferencia es significativa. Allí donde la Gestión del Conocimiento identifica conocimiento para conservarlo y compartirlo, la Gestión del Capital Editorial también procura hacer visible el potencial que ese conocimiento todavía no ha desarrollado. Su interés no termina en la documentación; comienza a preguntarse qué nuevos activos pueden surgir, cómo pueden relacionarse entre sí y de qué manera pueden conformar un Ecosistema Editorial capaz de seguir creando valor para nuevos públicos y nuevas generaciones.
También difieren en su ámbito de aplicación.
La Gestión del Conocimiento ha desarrollado gran parte de sus modelos pensando en organizaciones, empresas e instituciones que necesitan gestionar eficazmente el conocimiento de sus equipos.
La Gestión del Capital Editorial comparte ese campo de aplicación, pero amplía el horizonte. Parte de una idea sencilla: el conocimiento no nace en las organizaciones; nace en la vida. Por ello, su objeto de estudio comprende tanto a las organizaciones como a las personas. Toda persona posee un Patrimonio Vital construido a partir de su historia familiar, su formación, su experiencia, sus investigaciones, sus aciertos, sus errores y los aprendizajes acumulados a lo largo de su vida. Ese patrimonio constituye la fuente de un conocimiento que puede transformarse en Patrimonio Editorial, desarrollarse como Capital Editorial y proyectarse como legado.
Más que recorrer caminos paralelos, ambas disciplinas pueden entenderse como momentos complementarios dentro del ciclo de vida del conocimiento.
La Gestión del Conocimiento evita que el conocimiento se pierda. Volvamos por un momento al caso de Toyota
Desde la perspectiva de la Gestión del Conocimiento, Toyota logró convertir el aprendizaje cotidiano de sus trabajadores en conocimiento compartido para toda la organización. Ese conocimiento dejó de depender exclusivamente de la memoria de las personas y pasó a formar parte del aprendizaje colectivo de la empresa.
La Gestión del Capital Editorial observa ese mismo caso desde otra perspectiva y descubre nuevas posibilidades. Además de documentar procedimientos y difundir buenas prácticas, aquellas experiencias podrían dar origen a colecciones de historias sobre innovación, libros que narraran el origen de las mejoras, estudios de caso para universidades, programas de formación basados en experiencias reales, archivos históricos, documentales, podcasts, recursos educativos y muchos otros Activos Editoriales.
La diferencia es significativa. Allí donde la Gestión del Conocimiento identifica conocimiento para conservarlo y compartirlo, la Gestión del Capital Editorial también procura hacer visible el potencial que ese conocimiento todavía no ha desarrollado. Su interés no termina en la documentación; comienza a preguntarse qué nuevos activos pueden surgir, cómo pueden relacionarse entre sí y de qué manera pueden conformar un Ecosistema Editorial capaz de seguir creando valor para nuevos públicos y nuevas generaciones.
También difieren en su ámbito de aplicación.
La Gestión del Conocimiento ha desarrollado gran parte de sus modelos pensando en organizaciones, empresas e instituciones que necesitan gestionar eficazmente el conocimiento de sus equipos.
La Gestión del Capital Editorial comparte ese campo de aplicación, pero amplía el horizonte. Parte de una idea sencilla: el conocimiento no nace en las organizaciones; nace en la vida. Por ello, su objeto de estudio comprende tanto a las organizaciones como a las personas. Toda persona posee un Patrimonio Vital construido a partir de su historia familiar, su formación, su experiencia, sus investigaciones, sus aciertos, sus errores y los aprendizajes acumulados a lo largo de su vida. Ese patrimonio constituye la fuente de un conocimiento que puede transformarse en Patrimonio Editorial, desarrollarse como Capital Editorial y proyectarse como legado.
Más que recorrer caminos paralelos, ambas disciplinas pueden entenderse como momentos complementarios dentro del ciclo de vida del conocimiento.
La Gestión del Conocimiento evita que el conocimiento se pierda.
La Gestión del Capital Editorial procura que ese conocimiento, además de preservarse, sea reconocido, desarrollado y proyectado, hasta convertirse en un patrimonio organizado, capaz de generar nuevos activos, fortalecer un Ecosistema Editorial y seguir creando autoridad, influencia y valor para las generaciones presentes y futuras.
Una mirada desde el Observatorio
Toda disciplina aporta una manera particular de comprender la realidad.
La Gestión del Conocimiento nos enseñó que el conocimiento alcanza su verdadero valor cuando deja de permanecer aislado y puede compartirse. Ese aporte transformó la manera en que organizaciones de todo el mundo aprenden, innovan y preservan su experiencia.
La Gestión del Capital Editorial parte de ese mismo reconocimiento y propone ampliar la mirada. No solo se pregunta cómo conservar y compartir el conocimiento, sino cómo hacer visible todo su ciclo de vida y proyectar estratégicamente aquello en lo que puede llegar a convertirse.
Quizá esa sea una de sus principales aportaciones: ampliar el horizonte de posibilidades. Allí donde otros ven conocimiento documentado, la GCE descubre un patrimonio en formación. Allí donde otros identifican publicaciones aisladas, la GCE reconoce un Ecosistema Editorial en potencia. Allí donde otros concluyen el proceso con la documentación del conocimiento, la GCE descubre el inicio de un nuevo recorrido: el que transforma la experiencia en Patrimonio Editorial, el Patrimonio Editorial en Capital Editorial y el Capital Editorial en un legado capaz de seguir creando valor e inspirando a futuras generaciones.
La Gestión del Capital Editorial procura que ese conocimiento, además de preservarse, sea reconocido, desarrollado y proyectado, hasta convertirse en un patrimonio organizado, capaz de generar nuevos activos, fortalecer un Ecosistema Editorial y seguir creando autoridad, influencia y valor para las generaciones presentes y futuras.
Una mirada desde el Observatorio
Toda disciplina aporta una manera particular de comprender la realidad.
La Gestión del Conocimiento nos enseñó que el conocimiento alcanza su verdadero valor cuando deja de permanecer aislado y puede compartirse. Ese aporte transformó la manera en que organizaciones de todo el mundo aprenden, innovan y preservan su experiencia.
La Gestión del Capital Editorial parte de ese mismo reconocimiento y propone ampliar la mirada. No solo se pregunta cómo conservar y compartir el conocimiento, sino cómo hacer visible todo su ciclo de vida y proyectar estratégicamente aquello en lo que puede llegar a convertirse.
Quizá esa sea una de sus principales aportaciones: ampliar el horizonte de posibilidades. Allí donde otros ven conocimiento documentado, la GCE descubre un patrimonio en formación. Allí donde otros identifican publicaciones aisladas, la GCE reconoce un Ecosistema Editorial en potencia. Allí donde otros concluyen el proceso con la documentación del conocimiento, la GCE descubre el inicio de un nuevo recorrido: el que transforma la experiencia en Patrimonio Editorial, el Patrimonio Editorial en Capital Editorial y el Capital Editorial en un legado capaz de seguir creando valor e inspirando a futuras generaciones.
Este artículo forma parte de la serie Fundamentos de la Gestión del Capital Editorial, una línea de investigación del Observatorio de Gestión del Capital Editorial dedicada al desarrollo conceptual, metodológico y aplicado de esta disciplina en construcción.
